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Sacrificios de sangre, ofrenda a las tinieblas


(Parte 1)

Sacrificios de sangre, ofrenda a las tinieblas (Parte 1)

Las autoridades nicaragüenses no pudieron ocultar su sorpresa cuando lograron la plena identificación de un joven, de apenas 20 años, quien dijo ser adorador de Satanás en diferentes cultos que se realizan en Managua.

Relató a los investigadores que solía reunirse en la medianoche con una clase de fieles extraños, tan muchachos como él, para iniciar una suerte de aquelarres, sacrificios de animales, invocaciones y conjuros.

Podría parecer el argumento de una película de Sthepen King, sólo que su relato no es ambientado en Maine, sino en un barrio oriental de la capital.

Inició sus prácticas a los 14 años, cuando fue reclutado por otro adolescente. Se le llamaba en la organización ocultista como «El Monje».

Cuando se produjo su conversión al satanismo, dejó crecer su cabello, sus uñas y el rostro cambió. Se hizo tatuar con el anticristo y una cruz invertida. Mantenía contacto con organizaciones satanistas de los Estados Unidos.

Su relato a los oficiales de policía que realizaron la investigación sobre prácticas ocultistas en Nicaragua, pone de manifiesto cómo eran sus ritos: “Organizábamos misas negras, cultos satánicos, y sacrificios a Satanás; incluso, acudíamos al vampirismo. Ahora, lo practicábamos mucho porque creemos mucho en el poder de tomar sangre, ya que nos rejuvenece”, relató el joven en una entrevista que difundió el periódico nicaragüense El Nuevo Diario, en sus ediciones impresa y digital del 9 de Junio de 2004.

Describe en en alguna ocasión “…me cortaron y todos comenzaron a tomar de mi sangre, para que yo estuviera dentro de sus cuerpos y yo estuviera dentro de ellos. Que todos fuéramos unidos y ser una sola hermandad de la oscuridad. El líder de la secta hacía los cortes: extendíamos el brazo y comenzaban todos los «vampiros» a chupar. Hacían sacrificios para Satanás, matábamos animales, en ocasiones nos decía que debíamos apoyar a otros muchachos”.

En la entrevista describió de qué manera desaparecían a aquellos de quienes querían vengarse. Quizá eran sacrificados: “En las misas negras sólo invocábamos a demonios para que ellos fortalezcan a quienes participan y entren dentro de su cuerpo. Así yo invoqué a un demonio de venganza— llamado por nosotros Adonai — y que fue el que permaneció dentro de mi cuerpo, hasta el día que vine a la Iglesia Mi Redentor, ubicada cerca de los semáforos de Rubenia. Y quien me lo sacó fue el pastor Omar Duarte”.

No es nada nuevo. Es algo común. Más de lo que usted imagina. Millares de personas participan de actividades ocultistas, muchas de las cuales incluyen vertimiento de sangre por el significado que encierra.

En 2004, en México, el albañil Gumaro de Dios Arias, el ’caníbal de Playa del Carmen’ asesinó a su amante y compañero de trabajo porque deseaba tener la misma habilidad de este para manejar las herramientas de trabajo.

Para él fue esencial, no solamente derramar la sangre que consideraba, le aseguraba poder, sino además, comer su carne.

El poder detrás de la sangre

Para los practicantes del ocultismo, tras la sangre hay un poder ilimitado. La Biblia relata la confrontación que hizo el profeta Elías a quienes practicaban el ocultismo en honor a Baal. Ellos estaban al servicio de la corte del rey Acab. “Entonces Acab convocó a todos los israelitas y a los profetas al monte Carmelo. Elías se paró frente a ellos y dijo: «¿Hasta cuándo seguirán indecisos, titubeando entre dos opiniones? Si el Señor es Dios, ¡síganlo! Pero si Baal es el verdadero Dios, ¡entonces síganlo a él!». Sin embargo, la gente se mantenía en absoluto silencio.Entonces Elías les dijo: «Yo soy el único profeta del Señor que queda, pero Baal tiene cuatrocientos cincuenta profetas. Ahora traigan dos toros. Los profetas de Baal pueden escoger el toro que quieran; que luego lo corten en pedazos y lo pongan sobre la leña de su altar, pero sin prenderle fuego. Yo prepararé el otro toro y lo pondré sobre la leña del altar, y tampoco le prenderé fuego. Después, invoquen ustedes el nombre de su dios, y yo invocaré el nombre del Señor. El dios que responda enviando fuego sobre la madera, ¡ese es el Dios verdadero!»; y toda la gente estuvo de acuerdo.” (1 Reyes 18:20-24. Nueva Traducción Viviente)

Aquella fue una de las confrontaciones más grandes de toda la historia del Reino de Dios frente al reino de las tinieblas.

Obviamente— en esa ocasión— los demonios no respondieron, y relata el texto que: “Entonces ellos prepararon uno de los toros y lo pusieron sobre el altar. Después invocaron el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, gritando: «¡Oh Baal, respóndenos!»; pero no hubo respuesta alguna. Entonces se pusieron a bailar, cojeando alrededor del altar que habían hecho. Cerca del mediodía, Elías comenzó a burlarse de ellos. «Tendrán que gritar más fuerte — se mofaba— , ¡sin duda que es un dios! ¡Tal vez esté soñando despierto o quizá esté haciendo sus necesidades! ¡Seguramente salió de viaje o se quedó dormido y necesita que alguien lo despierte!». Así que ellos gritaron más fuerte y, como acostumbraban hacer, se cortaron con cuchillos y espadas hasta quedar bañados en sangre. Gritaron disparates toda la tarde hasta la hora del sacrificio vespertino, pero aún no había respuesta, ni siquiera se oía un solo sonido.” (1 reyes 18:26-29. Nueva Traducción Viviente)

¿Por qué los profetas de Baal se cortaban en varias partes del cuerpo? Por que dentro de las prácticas ocultistas, verter sangre— la propia o la de personas sacrificadas— tiene un amplio significado y es una ofrenda a los dioses o deidades de maldad.

¿Cómo terminó la historia? Como es apenas natural, con la respuesta divina de poder: “A la hora que suele hacerse el sacrificio vespertino, el profeta Elías caminó hacia el altar y oró: «Oh Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, demuestra hoy que tú eres Dios en Israel y que yo soy tu siervo; demuestra que yo he hecho todo esto por orden tuya. ¡Oh Señor, respóndeme! Respóndeme para que este pueblo sepa que tú, oh Señor, eres Dios y que tú los has hecho volver a ti». Al instante, el fuego del Señor cayó desde el cielo y consumió el toro, la leña, las piedras y el polvo. ¡Hasta lamió toda el agua de la zanja! Cuando la gente vio esto, todos cayeron rostro en tierra y exclamaron: «¡El Señor, él es Dios! ¡Sí, el Señor es Dios!».” (1 Reyes 18: 36-39. Nueva Traducción Viviente)

El que sí tiene poder ilimitado es Dios; no obstante, millares de personas buscan poder en los ritos ocultistas.

Ha sido permanente a lo largo de la historia, y en lugares diferentes, ese ritual de cortarse hasta sangrar en honor a los dioses.

A mucha distancia de donde ocurrían los hechos relacionados con los profetas de Baal, y en un espacio de tiempo diferente, los adoradores de dioses, como Quetzalcóatl (la serpiente emplumada o dios barbado) en Centroamérica, recibían ofrendas como los auto sacrificios en las que los oferentes presentaban gotas de sangre — obtenida mediante punciones con púas de maguey, una planta con espinas — procedentes del pene, la lengua y los lóbulos de las orejas.

Sacrificios de sangre en la antigüedad

Los sacrificios humanos con vertimiento de sangre en honor a diversas deidades, se han practicado en todas las etapas de la historia. Lo que aviva la preocupación es su común ocurrencia entre grupos ocultistas.

El antropólogo ingles Rdward Burnett Tylor planteó a finales del siglo XIX que el sacrificio surgió como un esfuerzo para calmar la hostilidad de los dioses revelada a través de los fenómenos naturales para los cuales no tenían explicación.

La práctica más difundida desde el comienzo de los tiempos era la de quemar las víctimas o arrojarla al agua. Cegar la vida se producía con objetos corto punzantes. Lo interesante es que se encuentra ligada a las creencias, tal como lo registran las tradiciones religiosas de la India, la antigua Grecia, Roma, el México prehispánico y el mundo islámico.

Los arqueólogos han hallado pozos del periodo Paleolítico con huesos de animales (osos, bueyes y ciervos) dispuestos cerca de entierros humanos, por lo que se supone eran ofrendas, aunque se desconoce la deidad a la que estaban dedicados.

Aunque los detalles e intenciones de los sacrificios más tempranos no resulten comprensibles, surgieron al mismo tiempo que la religión, a la que siguieron asociados en los milenios posteriores.

Entre las ofrendas también se han hallado restos de mujeres y niños; quizás fueron sacrificados como parte de un rito para la fertilidad, y es probable que entonces la diferencia entre humanos y animales como ofrendas no estuviera tan marcada.

Algunas corrientes aseguran que en ese entonces, como parte de los sacrificios, se practicaba el canibalismo, considerado un fenómeno primitivo. El canibalismo no pretende agradar a los dioses, sino más bien adquirir el poder y las cualidades de la víctima. Esta idea ha persistido en fases muy posteriores de la civilización.

Hay evidencias de que los latinos llevaron a cabo sacrificios humanos antes de la fundación de Roma y en las primeras etapas posteriores a ésta, cuyos vestigios se reflejaron en prácticas como el sacrificio simbólico de muñecos y figuras de apariencia humana que eran arrojadas a las aguas del río Tíbet.

Aunque la práctica de los sacrificios humanos se descartó y en la época de la República fueron excepcionales los casos, conservaron un gran peso simbólico en la práctica de la religión romana que se enriqueció con las influencias procedentes del Este y a la vez, influyeron en el desarrollo de las religiones posteriores.


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